La televisión pública no es solo para las élites

Posted on Tuesday, May 6, 2025 in Debate, Televisión, Política

La televisión pública no es solo para las élites

Tras dos intentos fallidos, ayer se estrenó por fin La familia de la tele, el nuevo programa de La 1 de TVE presentado por Belén Esteban y María Patiño, creo. No estoy seguro realmente porque no lo he visto, pero a juzgar por la promoción que han hecho, parecía que serían ellas dos las que estarían al frente. O a lo mejor es simplemente que ellas llevaron la promoción porque son los rostros más conocidos o populares, no lo sé.

No lo he visto no por nada, simplemente creo que no soy el objetivo de ese programa. O de casi ninguno, en realidad. Ni siquiera me enteré de su estreno hasta que lo vi comentado a posteriori en redes sociales. Veo bastante poca televisión. La tengo casi siempre encendida como ruido de fondo. Pero sentarme a ver un programa de televisión, casi nunca. Estoy bastante desconectado realmente de lo que pasa en la televisión.

Pero no tengo ningún problema a priori con que existan programas que no están dirigidos a mí y que, por lo tanto, no veo. Su público objetivo tendrán que los disfrutará y eso está bien, siempre y cuando no sean programas que tengan un efecto dañino, claro, que también los hay. Este podría ser uno de ellos o no, no lo sé porque, como ya he mencionado, no lo he visto.

Aún así, voy a hablar del estreno de ayer de La familia de la tele. Sin haberlo visto. Porque en realidad voy a hablar del artículo de opinión de Jimina Sabadú en El País comentando el estreno. Y para comentar la mayoría de los argumentos que usa Jimina Sabadú para hablar del programa, creo que realmente no hace falta ver el programa. Gran parte del propio artículo de Sabadú también parece que podría haberse escrito sin ver el programa.

Realmente, sobre los contenidos del programa, Sabadú habla bastante poco. Si su crítica hubiese sido sobre los contenidos que se vieron en el programa, realmente yo tendría poco que decir. No he visto el programa. Podría verlo para opinar, pero realmente no creo que me interese.

Una crítica de Sabadú que a lo mejor podría ser válida incluso sin ver el programa está relacionada con el pasado de la mayoría de sus colaboradores en Sálvame, que, según palabras de Sabadú, «ha vivido de remover la mierda ajena» y «han humillado, expuesto, maltratado, y hundido a mucha gente». Supongo que los precedentes del trabajo llevado a cabo en otros programas podría ser una crítica válida al fichaje por parte de la televisión pública. Aunque, hasta cierto punto, creo que también podrían ser prejuicios para opinar sobre el programa antes de verlo. No sería imposible que sus participantes cambiaran de registro y ahora hicieran un programa distinto.

Pero tampoco he visto nunca Sálvame, así que tampoco podría decir realmente si era tan terrible. He leído a muchos famosos decir que sí, que se han sentido maltratados o incluso vejados en Sálvame. También he leído a muchos decir que quien aparece en Sálvame es porque acepta entrar en ese juego y que no se metían con los que decidían quedarse apartados de ese mundo. Yo, como he dicho, nunca vi Sálvame, y todo el mundo de la crónica social me resulta muy lejano, así que no puedo opinar. Pero, a estas alturas, también sabemos que de lo que se ve en la tele, hay que creerse bastante poco. ¿Hasta qué punto había más verdad en un programa de Sálvame que un combate de lucha libre de la WWE? Llámenme cínico, pero que lo que sale en la tele «es todo mentira» me lo ha dicho incluso gente que trabaja en el negocio.

La crítica de Sabadú, sin embargo, va por otros derroteros. Unos derroteros tales que me han hecho tener que comprobar mientras lo leía que realmente no estuviese leyendo El País sino La Razón.

Ya la entradilla del artículo nos da una pista de por dónde van a ir los tiros mencionando el programa como «la tumba de la meritocracia» y calificándolo más adelante como «plató de frivolidades» «a mayor gloria de la incultura y el analfabetismo funcional».

En definitiva, da la impresión de que a Sabadú le parece que el programa y las personas que participan en él no son lo suficientemente eruditas para aparecer en la televisión pública.

Menciona Sabadú lo impropio que le parece de una televisión de servicio público que aparezcan «personas que leen silabeando» o «que tienen que buscar palabras básicas en el diccionario». No he visto esos momentos del programa que menciona para saber exactamente cómo se desarrollaron, pero contando solamente con la narración de los hechos realizada por Sabadú, solo puedo sentir alegría de que en la televisión pública salgan personas que, tal vez sin tener la mayor fluidez leyendo, son aun así capaces de hacerlo sin complejos y mostrando que, si no estamos seguros del significado de una palabra, podemos acudir al diccionario. A mí eso sí que me parece propio de un servicio público y lamento que haya gente que piense que hay que esconder el uso de los diccionarios y a las personas que tengan menos fluidez en la lectura.

Es coherente Sabadú sin embargo al mencionar hasta tres veces que el programa supone el «entierro de la meritocracia». Si realmente le parece tan necesario mostrar una alta erudición para poder aparecer en la televisión pública, es efectivamente coherente que defienda que tenga que ser un sistema puramente meritocrático.

Sin embargo, no comparto su lamento por la muerte de la meritocracia. No parece que la erudición que defiende le haya permitido enterarse de las advertencias sobre las trampas de la meritocracia (o a lo mejor los conoce, pero no le importan) mencionados ya por Max Weber hace más de un siglo.

A priori, parece que la idea de meritocracia de que los que acumulen más méritos personales sean los que consigan los mejores puestos tiene sentido. Sin embargo, es una idea obsoleta en las democracias liberales y una pendiente resbaladiza que ha llevado rápidamente a una forma fácil de justificar ideas antidemocráticas: que los que tengan más méritos acaparen más poder y sean los que tomen las decisiones; como defienden los que posicionan al sistema político chino en base a la meritocracia por encima de las democracias liberales occidentales.

Como mencionaba, las trampas de la meritocracia fueron explicadas ya por Max Weber hace más de un siglo y muchos otros sociólogos, economistas y filósofos después y no creo que yo pueda hacerlo mejor que ellos. A mí me gusta esta explicación de Jerome Karabel (las negritas son mías):

Transformar el privilegio hereditario en «mérito» [...] proporciona la apariencia, si no la esencia, de igualdad de oportunidades. Al hacerlo, legitima el orden establecido como uno que premia la capacidad por encima de las prerrogativas de nacimiento. El problema con una «meritocracia», entonces, no es solo que sus ideales se violan rutinariamente (aunque eso es cierto), sino también que enmascara las relaciones de poder subyacentes. Porque la definición de «mérito» [...] siempre lleva la impronta de la distribución del poder en la sociedad en general. Quienes son capaces de definir el «mérito» casi invariablemente poseerán más de él, y quienes tienen mayores recursos —culturales, económicos y sociales— generalmente podrán asegurar que el sistema educativo considere a sus hijos más meritorios.
Jerome Karabel, The Chosen: The Hidden History of Admission and Exclusion at Harvard, Yale, and Princeton (Houghton Mifflin: 2005), pp. 549-550

Pero no hagamos de esto un ensayo sobre la meritocracia, a pesar de que Sabadú haya querido hacer de esta idea obsoleta y regresiva uno de los puntos más destacados de su artículo de opinión.

Sabadú menciona también su molestia porque en el programa hubo demasiadas menciones a «la diversidad, inclusión, solidaridad, y servicio público». Y es aquí cuando tuve que pararme a comprobar que realmente no estaba leyendo The Objective o algún otro neopasquín digital reaccionario. Porque uno puede estar confundido con la meritocracia. Como decía, a priori, si no lo piensas mucho, la meritocracia puede sonar como el sistema más justo. ¿Pero realmente El País, otrora periódico de referencia de la izquierda española, se ha subido al carro de «estamos yendo demasiado lejos con la diversidad y la inclusión»?

Le molesta también a Sabadú que salgan y tengan opinión propia Samantha Hudson (a la que califica como opositora a opinadora) y Bob Pop («porque no puede faltar en ningún programa la opinión de Bob Pop sobre lo que sea»). Solo podríamos especular sobre el motivo, porque realmente nunca explica por qué le molesta que aparezcan en el programa y tengan opiniones propias estas dos personas de entre todos los colaboradores. Le molestan y ya está. Supongo que para tener opiniones también son necesarios méritos.

Hay otras críticas de Sabadú al programa que podría ser legítimas pero que no puedo valorar al no haberlo visto. Pero no hace falta ver el programa para darse cuenta de que el tono general de toda su pieza de opinión es el de una crítica esnob al nivel cultural de los participantes en el programa que no le parece suficiente para tener cabida en una televisión de servicio público. Pero no podemos decir que la televisión pública tiene que ser la televisión de todos si también demandamos que sus programas sean solo para las élites.

Entiendo que ser crítico de televisión es difícil. La mayoría vemos la televisión como entretenimiento y sin grandes expectativas y tiene que ser difícil tener que buscar los argumentos que hagan que no te guste lo que estás viendo (porque el crítico suele ser más interesante cuando hace críticas negativas, obviamente) en vez de poder entregarte al hedonismo televisivo como hacemos los demás a menudo cuando queremos desconectar un rato.

Aún así, Sabadú nos deja una lista de los programas que sí que aprueba para su aparición en la televisión pública: La clave, La huella del crimen, Estudio 1, Un, dos, tres, Informe Semanal, Rockopop e Historias para no dormir. Supongo que son programas en los que sus colaboradores se saben una buena parte del diccionario.

Como no conozco la obra de Jimina Sabadú (realmente, ni siquiera sé quién es), desconozco (aunque lo he buscado sin encontrarlo) si en su cruzada por dignificar la televisión pública también ha arremetido contra el programa más deleznable que conozco de la televisión pública española: MasterChef Junior.